miércoles, 30 de enero de 2013

Por querer aprender...

El verano del inglés, de Carme Riera, (es que es catalana).

Tanto si no se sabe esta lengua como si se es especialista en la misma, esta novela puede interesar e incluso hacer sentir a uno cómplice de la protagonista, Laura Prats. Laura es una agente inmobiliaria que, tras comprobar que el desconocimiento del inglés le impide ascender, decide hacer un curso en agosto. Instalada en el solitario caserón de su profesora, la peculiar Mrs. Grose, pronto descubre que el método utilizado por ésta va más allá de la férrea disciplina. La convivencia de las dos mujeres genera una tensión que arrastra al lector primero a la intriga y luego al terror.

Libro cortito, que se deja leer, como diría Carguevo. Lo compré hace tiempo sin tener ni idea de quien era la escritora, pero lo vi cortito y dije: "perfecto para el avión". Resultó que al final no lo leí en el avión sino estos días, lo acabé  de leer justamente ayer. Me ha gustado, en algunos momentos me recordó la peli Psicosis, otras Rebeca, (las dos de mi director favorito, Alfred Hitchcock) el caso es que no pude soltar el libro de las manos hasta que llegué al punto y final de la novela.

Para las maestras: si lo leéis, no copiéis ideas.

Por cierto ¿alguién me puede decir por qué no ponen FIN al acabar los libros?  

A ver quién se atreve a aprender otra lengua después de leerlo, jejejeje...




sábado, 26 de enero de 2013

A veces uno se siente...



¡Prisionero de Guerra! Este es el tipo de prisionero que uno menos querría ser, pero sin embargo es un estado de melancolía. Estás a merced del enemigo, le debes la vida a su humanidad, y el pan de cada día a su compasión. Debes obedecer sus órdenes, ir donde te dice, quedarte donde te ordene, estar alerta de lo que le plazca, apoderarte de tu alma pacientemente. Mientras tanto la guerra sigue su marcha, grandes acontecimientos tienen lugar, oportunidades buenas para la acción y la aventura se esfuman. Además los días se hacen muy largos. El tiempo avanza lentamente como un ciempiés paralítico. Nada te distrae. Leer se hace difícil, y escribir incluso imposible. La vida es un aburrimiento desde que amanece hasta que anochece.

Más aún, el ambiente en una prisión, incluso en la mejor regulada es odioso. Los compañeros en este tipo de desgracia pelean por nimiedades y el disfrute que obtienen entre ellos es el mínimo. Si nunca se ha estado limitado y nunca se ha tenido la experiencia de estar cautivo, he de decir que se tiene un sentimiento de humillación continuo al estar encerrado en un espacio estrecho, cercado con barras y alambre, observado por hombres armados, y enredado en una maraña de normas y limitaciones. Definitivamente, odié cada minuto de mi cautiverio más que cualquier otro periodo de mi vida. Afortunadamente fue corto.

Pasó menos de un mes desde el momento en que me rendí como prisionero en Natal hasta que me fugué de nuevo, perseguido pero libre, en el vasto sub-continente Sudafricano. Rememorando esos días, siempre he sentido una pena grandísima por prisioneros y cautivos. Lo que debe significar para todo hombre, particularmente para un hombre con estudios, el estar años encerrado en una prisión moderna supera el límite de mi imaginación. Cada día exactamente como el anterior, con las cenizas vanas de una vida malgastada detrás, y todos los largos años de esclavitud extendiéndose adelante. Por eso, años después, cuando fui Ministro de Interior y tuve las prisiones de Inglaterra a mi cargo, hice todo lo que pude consecuente con la política pública para introducir algo de variedad e indulgencia en la vida de los reos, dar a los cultos libros con los que alimentarles las mentes, diversión periódica de algún tipo para anhelar, recordar y aliviar, tanto como fuera razonable, el duro castigo que, si se lo habían merecido, sin embargo debían soportar. Aunque aborrecía el que un ser humano infligiera penas espantosas e incluso capitales a otros, me aliviaba de la responsabilidad que tenía consolándome a veces al pensar que la pena de muerte era mucho más piadosa que la cadena perpetua.

Estados de ánimo lóbregos invaden la mente de un prisionero fácilmente. Naturalmente, si se le mantiene a una dieta mínima, encadenado en un calabozo, privado de luz y en completa soledad, los estados de ánimo que tenga sólo le preocupan a él. Pero cuando uno es joven, bien nutrido, lleno de vida, incauto, capaz de confabular con otros, estos estados de ánimo acercan las ideas a una solución, y esa solución más que nunca a la acción.  

Créditos: De My Early Life 1874-1904, de Winston Spencer Churchill 
Traducción: Dama



martes, 1 de enero de 2013

Les Misérables




Acabo de celebrar el Año Nuevo viendo esta película y he de decir que me ha gustado mucho. Desde muy jovencita me gustó mucho el musical y tenía curiosidad, lógica, de ver qué tal había salido la peli. Solo hay un actor que no me ha gustado, lo siento Russell, no tengo nada contra ti pero no tienes la voz que requiere el inspector Javert; los demás bordan  cada uno el suyo correspondiente, en mi humilde opinión. Me voy a atrever y voy a recomendar el verla, eso sí, se decidís verla llevaos una caja de pañuelos.

¡Que la disfrutéis!